Racionar la insulina. Saltar comidas. Una mujer lucha por sobrevivir con el salario mínimo

Rationing insulin. Skipping meals. One woman’s struggle to survive on minimum wage. Read the English version of this story here. 

MIAMI — Elsa Romero contempla comprar el bizcocho de vainilla por $3.38. Un pequeño pedazo podría salvarle la vida. Pero ella no está segura de poder pagarlo. 

Romero, de 57 años, mira a su alrededor en el supermercado de su vecindario de Liberty City, con la cacofonía de voces en español y creole haitiano compitiendo por su atención mientras ella hace cálculos en su cabeza. 

Tiene $90 en su cuenta de banco y faltan 10 días para el siguiente día de pago. Como conserje ganando apenas el salario mínimo, ella no puede pagar los $110 semanales que cuesta su insulina, pero un bocado de bizcocho cuando baja  su nivel de azúcar en la sangre podría ahorrarle un viaje a la sala de emergencias. 

Ese bizcocho – barato y rico en calorías vacías y azúcar que pueden exacerbar su diabetes- es una necesidad. 

Elsa Romero posa para una foto frente a la Miami Tower, donde trabaja como conserje, el 16 de marzo del 2021 en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

El dilema de Romero es terrible, trágico y común. A lo largo de los Estados Unidos, 58.3 millones  de personas trabajan por menos de $15 la hora. Cualquier esperanza que tenían de aliviar su situación por medio de un aumento de sueldo se desintegraron recientemente cuando los republicanos triunfaron en su esfuerzo por excluir la propuesta que elevaría a  $15 de salario mínimo del paquete de $1.9 billones para estimular la atribulada economía a raíz del COVID-19. Eso significa que, para personas como Romero, la vida continuará siendo una lucha diaria. 

Con el bizcocho en su cesta, Romero se dirige a la sección de comida preparada. Pide  un caldo de res y una orden pequeña de puré de papas, su única comida por los próximos días. 

Se une a  la fila  para pagar. 

“$11.24”, dice la cajera. 

“Un momentito”,  responde ella. 

Romero saca un billete de $10 arrugado y unos pocos dólares sencillos. Cuando la cajera le devuelve el cambio, ella lo echa  en el frasco de propinas. 

“Siempre hay alguien que lo necesita más que yo”, dice. 

Trabajando múltiples empleos para apenas pagar las cuentas 

La mayoría de los votantes — tanto republicanos como demócratas — apoyan el aumento del salario mínimo federal,  que se ha mantenido a $7.25 desde el 2009. Incluso antes de la pandemia de COVID-19, muchos estadounidenses decían que el aumento de los precios de la comida y alojamiento amenazaban su capacidad para cubrir sus gastos diarios. 

Elsa Romero compra un bizcocho de vainilla, fruta y leche en un supermercado en Liberty City, Miami, el 16 de marzo del 2021. Para Romero, de 57 años, el bizcocho es una alternativa barata a su cara insulina. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

“No hay ningún lugar en los Estados Unidos donde puedes pagar por un apartamento de una habitación ganando $7.25 la hora y todavía tener dinero para pagar la comida y las necesidades absolutamente básicas”, dijo el ex secretario del Trabajo Robert Reich a USA TODAY en una entrevista telefónica. 

Biden ha dicho que quiere que el Congreso consiga la manera de aprobar un aumento del salario mínimo federal. Pero sin un acuerdo en el horizonte, expertos dicen que personas como Romero se verán forzados a tomar decisiones difíciles para mantenerse a flote. 

“No hay ningún lugar en los Estados Unidos donde puedes pagar por un apartamento de una habitación ganando $7.25 la hora y todavía tener dinero para pagar la comida y las necesidades absolutamente básicas.”

“No es una cuestión de ser inteligente o cuidadoso o de planificar para el futuro. Estás obligado a tomar una serie de malas decisiones cuando la vida va mal y es que no puede vivir bien con salarios tan bajos”, dice Thea Lee, presidenta del Economic Policy Institute, un centro de pensamiento que investiga el efecto de políticas económicas en los trabajadores, basado en Washington D.C.

Romero trabaja cinco días a la semana, desde las 4 p.m. hasta las 11 p.m., limpiando tres pisos en el Miami Tower, un lujoso rascacielos en el centro de Miami. 

Ella no recibe beneficios ni días de baja por enfermedad. La compañía le cobra a los empleados $50 al mes por estacionarse en el edificio vacío mientras trabajan por las noches. 

Al comienzo de la pandemia de COVID-19, ella tuvo que comprarse su propio equipo de protección personal hasta que organizó a sus colegas del sindicato 32BJ de Service Employees International. Sus esfuerzos desembocaron en una huelga de tres días. Ahora la compañía le da a ella y a los otros conserjes un cubrebocas desechable por día. 

Elsa Romero hace sus compras en un supermercado local el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

La compañía fue multada por $10,000 en noviembre por el Departamento del Trabajo por rociar el edificio con químicos mientras sus empleados estaban adentro. Romero y sus compañeros de trabajo sufrieron los efectos de gases tóxicos, incluyendo irritación severa de los ojos, tos, lesiones y problemas al respirar. 

En su otro empleo, Romero hace trabajos de limpieza para una familia dos veces a la semana. Esos son días de 14 horas de trabajo. Los años trabajando con sus manos han comenzado a pasarle factura. El año pasado ella fue diagnosticada con artritis. El dedo medio de su mano derecha le duele constantemente. La rigidez le provoca dolores que irradian hasta el brazo. 

“No es una cuestión de ser inteligente o cuidadoso o de planificar para el futuro. Estás obligado a tomar una serie de malas decisiones cuando la vida va mal y es que no puede vivir bien con salarios tan bajos.”

“Cuando llego a casa tengo que poner la mano en agua caliente y después me echo crema que el doctor me recetó”, dice Romero. 

Ella aguanta el dolor y busca más casas para limpiar por recomendación de sus clientes. Pero cualquier trabajo adicional es intermitente. Contando todos sus ingresos, Romero gana $1,600 al mes. 

La renta por su trailer es $700. La cuenta de la electricidad puede sobrepasar los $100. La cuota del carro son $303; más otros $216 por seguro y $200 para la gasolina. Su seguro médico son $95 al mes – ella no califica para Medicaid. Eso le deja alrededor de $100 para otros gastos, incluyendo comida, artículos de aseo y medicinas. La insulina de Romero cuesta $440 al mes. 

A veces se queda hasta las 3 a.m. pensando cómo hacer que el dinero le rinda. 

“Cuando eso pasa, prendo la música de oración y comienzo a alabar a mi Dios, que me llena, y mi Señor me bendice con el sueño”, dice Romero. 

Elsa Romero hace sus compras en un supermercado local el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Ella es de La Ceiba, una ciudad portuaria en Honduras. Romero emigró hace 40 años tras quedar embarazada a los 16 años. Ella dejó a su bebé con su madre y vino a los Estados Unidos para trabajar y enviar dinero a su familia. 

Con el tiempo conoció a un hombre, se casó, se convirtió en ciudadana estadounidense y tuvo otra hija. El marido de Romero las dejó cuando su hija tenía 8 años. Ella crió a la niña sola -sin ganar nunca más que salario mínimo- en el pequeño parque de trailers que ha sido su hogar durante tres décadas. 

Dentro del trailer, sobre los estantes descuidados revelan más calendario viejos de papel, afiches de la iglesia y dibujos infantiles que latas de comida. La unidad de aire acondicionado de ventana se apaga para ahorrar dinero. La estufa blanca vieja no funciona. 

En la cocina hay tablas de madera expuesta. Romero ha estado tratando de arreglar el piso de su hogar desde que el huracán Irma causara daños en el 2017. Partes han sido remendadas con planchas de madera nueva que ella ha ido reemplazando poco a poco. Parte del techo se ha perdido y hay moho en algunas esquinas. 

Hace años, Romero enviaba dinero a su familia. Sus remesas pagaron por la construcción de una casa de tres habitaciones para su madre. Ahora es su hermana en Honduras quien le envía dinero a Romero cuando puede. 

En el reparto de casas móviles donde vive Elsa Romero el 16 de marzo de 2021 en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

‘Bendecida con el trabajo’

Lo único que abunda en la vida de Romero es su fe. 

Vestida con sus mejores galas domingueras -un vestido largo de mezclilla con volantes combinado con un suéter y zapatillas deportivas negras, unos brazaletes rosa con pedrería y un anillo de oro que adorna su mano derecha- Romero entra al santuario de su pequeña iglesia. 

Mientras la congregación eleva su voz para cantar en español, acompañada por un teclado y el canto de un gallo en el patio, Romero también cierra sus ojos, se mece de un lado a otro y canta, “bendito es el Señor, el rey”. 

Con sus dedos, Romero acaricia las páginas de su Santa Biblia. Cuando el pastor comienza su sermón, ella saca su cuaderno de devociones y anota cada versículo con un bolígrafo de  tinta negra. 1 Timoteo 2:13-15, Gálatas 4:4, Mateo 1:23, Lucas 3:23-38. 

Una vista de los daños al techo dentro de la casa de Elsa Romero el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Fotos del interior del trailer de Elsa Romero, donde hay más almanaques viejos, posters y dibujos infantiles que latas de comida, el 16 de marzo del 2021 en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Incluso las páginas de su cuaderno son oración. Tiene inscrito versículos de Proverbios 3:5-6:  “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas”. 

Este es un momento de respiro para Romero. De meditación. De fortaleza. Su único día libre de trabajar dos empleos. 

Al terminar el servicio, familias recogen en el patio central una caja con donaciones de comida. La iglesia tiene una  pequeña despensa de alimentos donados para las familias más necesitadas, incluyendo una mujer de 81 años a quien Romero lleva todos los domingos. El viaje no es una pequeña caridad para Romero, que gasta $40 en gasolina cada tres días. 

Romero no se une a su amiga en la fila de comida. Ella sólo ha pedido la caja de comida una vez durante el cierre al principio de la pandemia, cuando no trabajó dos meses porque estaba aterrorizada de infectarse con el virus. Ella no necesita la “cajita,” dice, porque ella es “bendecida con el trabajo”. 

“Cualquier otra persona hubiera tirado la toalla. Pero yo soy fuerte, Cristo me hace fuerte”, dice. 

Elsa Romero toma apuntes durante el sermón dominical de su pastor y los revisa en casa. Foto tomada en su casa el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

“Cualquier otra persona hubiera tirado la toalla. Pero yo soy fuerte, Cristo me hace fuerte.”

Trabajadores que ganan salario mínimo deben tomar decisiones difíciles para pagar las cuentas 

Romero se levanta antes del amanecer. Se sienta en el mueble más caro de todo su tráiler, un sillón eléctrico reclinable de dos puestos que le regaló su hija en la Navidad. 

Todavía no se ha lavado los dientes o la cara. Ella abre su Biblia. 

“Señor te entrego mis pensamientos y mi día”, reza Romero. 

Romero se pincha el dedo para medir sus niveles de azúcar. Está baja. Se come un pequeño pedazo del bizcocho de vainilla. 

El doctor le ha prescrito 22 centímetros cúbicos de insulina diarios pero ella a veces no los toma. Durante la cuarentena, Romero paró de tomar su insulina totalmente por cinco días. El intento de dejar el medicamento casi le cuesta la vida. Tenía náuseas, estaba mareada y letárgica. Racionar la insulina puede causar pérdida del conocimiento y hasta la muerte. 

Los tres perras de Elsa Romero, fotografiados en la puerta de su casa el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

El plan para esta mañana de lunes era pagar la cuenta eléctrica. Pero Mariposa, Didi y Princess, las tres perras viejas de Romero, ya no tienen almohadillas para orinar. 

Las perras, algunas con más de una década al lado de Romero, pasan la mayor parte del día solas y no pueden salir. Romero se preocupa que la orina de las perras pueda dañar la madera del piso y que se pierda todo su esfuerzo por repararlo. 

Para los pobres en América, no existen simples contratiempos. 

Hace tres años, Romero sufrió un accidente de carro. Otro vehículo la chocó por atrás y su seguro le dió $1,800 para arreglarlo. Pero cuando ella fue a buscar su carro al taller, los mecánicos querían $3,700. Le habían cobrado por cada día que el carro estaba parqueado en su lote. El total fue creciendo cada día y ella nunca pudo pagarles. Perdió el carro. 

Elsa Romero compra suministros para sus tres perras en una tienda de mascotas local el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Ella tenía miedo de dañar su historial de crédito, así que siguió pagando las cuotas mensuales de $290 mientras tomaba el autobús de ida y vuelta al trabajo. A veces perdía el bus de noche y le tomaba hasta dos horas volver a casa. Hace unos meses finalmente pudo comprar otro carro. 

Romero maneja hasta el Petsmart más cercano. En menos de 15 minutos está en el Design District de Miami, un vecindario opulento lleno de galerías de arte, restaurantes de chefs famosos y boutiques de lujo de marcas como Gucci y Christian Dior. 

Ella encuentra las almohadillas absorbentes azules y las lleva a la caja. Paga $39.58 con impuesto – la mitad de su cuenta de la luz. 

“Había ahorrado mis puntos y me dieron $10 de descuento”, dice Romero con una sonrisa de triunfo. 

Agrega: “Así hago mis cositas.”

De vuelta al trailer, Romero toma un poco del caldo de res, se ducha y se pone su uniforme color naranja. 

Le sirve a Mariposa, Didi y Princesa su comida antes de cerrar la puerta de la casa y dirigirse a su trabajo. 

Romero pasa las siguientes 7.5 horas vaciando botes de basura, limpiando el polvo de las superficies y trapeando los pisos. A veces toma un descanso y bromea con su compañera de trabajo Milagritos, una conserje de 73 años que trabaja para enviar dinero a su familia en Cuba. 

Romero vuelve a su casa después de la medianoche y se pone el pijama. Pone su mano adolorida bajo el agua caliente del grifo del baño para apaciguar el dolor. 

Acostada en la cama, se entrega a Dios y le ruega  que pueda despertarse mañana para hacerlo todo nuevamente. 

Sigue a Romina Ruiz-Goiriena en Twitter: @RominaAdi

House Speaker Nancy Pelosi says Democrats have a strong argument on why there is a need for hiking the federal minimum wage to $15 an hour. (Feb. 25)

AP Domestic

Source: Read Full Article

Racionar la insulina. Saltar comidas. Una mujer lucha por sobrevivir con el salario mínimo

Rationing insulin. Skipping meals. One woman’s struggle to survive on minimum wage. Read the English version of this story here. 

MIAMI — Elsa Romero contempla comprar el bizcocho de vainilla por $3.38. Un pequeño pedazo podría salvarle la vida. Pero ella no está segura de poder pagarlo. 

Romero, de 57 años, mira a su alrededor en el supermercado de su vecindario de Liberty City, con la cacofonía de voces en español y creole haitiano compitiendo por su atención mientras ella hace cálculos en su cabeza. 

Tiene $90 en su cuenta de banco y faltan 10 días para el siguiente día de pago. Como conserje ganando apenas el salario mínimo, ella no puede pagar los $110 semanales que cuesta su insulina, pero un bocado de bizcocho cuando baja  su nivel de azúcar en la sangre podría ahorrarle un viaje a la sala de emergencias. 

Ese bizcocho – barato y rico en calorías vacías y azúcar que pueden exacerbar su diabetes- es una necesidad. 

Elsa Romero posa para una foto frente a la Miami Tower, donde trabaja como conserje, el 16 de marzo del 2021 en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

El dilema de Romero es terrible, trágico y común. A lo largo de los Estados Unidos, 58.3 millones  de personas trabajan por menos de $15 la hora. Cualquier esperanza que tenían de aliviar su situación por medio de un aumento de sueldo se desintegraron recientemente cuando los republicanos triunfaron en su esfuerzo por excluir la propuesta que elevaría a  $15 de salario mínimo del paquete de $1.9 billones para estimular la atribulada economía a raíz del COVID-19. Eso significa que, para personas como Romero, la vida continuará siendo una lucha diaria. 

Con el bizcocho en su cesta, Romero se dirige a la sección de comida preparada. Pide  un caldo de res y una orden pequeña de puré de papas, su única comida por los próximos días. 

Se une a  la fila  para pagar. 

“$11.24”, dice la cajera. 

“Un momentito”,  responde ella. 

Romero saca un billete de $10 arrugado y unos pocos dólares sencillos. Cuando la cajera le devuelve el cambio, ella lo echa  en el frasco de propinas. 

“Siempre hay alguien que lo necesita más que yo”, dice. 

Trabajando múltiples empleos para apenas pagar las cuentas 

La mayoría de los votantes — tanto republicanos como demócratas — apoyan el aumento del salario mínimo federal,  que se ha mantenido a $7.25 desde el 2009. Incluso antes de la pandemia de COVID-19, muchos estadounidenses decían que el aumento de los precios de la comida y alojamiento amenazaban su capacidad para cubrir sus gastos diarios. 

Elsa Romero compra un bizcocho de vainilla, fruta y leche en un supermercado en Liberty City, Miami, el 16 de marzo del 2021. Para Romero, de 57 años, el bizcocho es una alternativa barata a su cara insulina. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

“No hay ningún lugar en los Estados Unidos donde puedes pagar por un apartamento de una habitación ganando $7.25 la hora y todavía tener dinero para pagar la comida y las necesidades absolutamente básicas”, dijo el ex secretario del Trabajo Robert Reich a USA TODAY en una entrevista telefónica. 

Biden ha dicho que quiere que el Congreso consiga la manera de aprobar un aumento del salario mínimo federal. Pero sin un acuerdo en el horizonte, expertos dicen que personas como Romero se verán forzados a tomar decisiones difíciles para mantenerse a flote. 

“No hay ningún lugar en los Estados Unidos donde puedes pagar por un apartamento de una habitación ganando $7.25 la hora y todavía tener dinero para pagar la comida y las necesidades absolutamente básicas.”

“No es una cuestión de ser inteligente o cuidadoso o de planificar para el futuro. Estás obligado a tomar una serie de malas decisiones cuando la vida va mal y es que no puede vivir bien con salarios tan bajos”, dice Thea Lee, presidenta del Economic Policy Institute, un centro de pensamiento que investiga el efecto de políticas económicas en los trabajadores, basado en Washington D.C.

Romero trabaja cinco días a la semana, desde las 4 p.m. hasta las 11 p.m., limpiando tres pisos en el Miami Tower, un lujoso rascacielos en el centro de Miami. 

Ella no recibe beneficios ni días de baja por enfermedad. La compañía le cobra a los empleados $50 al mes por estacionarse en el edificio vacío mientras trabajan por las noches. 

Al comienzo de la pandemia de COVID-19, ella tuvo que comprarse su propio equipo de protección personal hasta que organizó a sus colegas del sindicato 32BJ de Service Employees International. Sus esfuerzos desembocaron en una huelga de tres días. Ahora la compañía le da a ella y a los otros conserjes un cubrebocas desechable por día. 

Elsa Romero hace sus compras en un supermercado local el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

La compañía fue multada por $10,000 en noviembre por el Departamento del Trabajo por rociar el edificio con químicos mientras sus empleados estaban adentro. Romero y sus compañeros de trabajo sufrieron los efectos de gases tóxicos, incluyendo irritación severa de los ojos, tos, lesiones y problemas al respirar. 

En su otro empleo, Romero hace trabajos de limpieza para una familia dos veces a la semana. Esos son días de 14 horas de trabajo. Los años trabajando con sus manos han comenzado a pasarle factura. El año pasado ella fue diagnosticada con artritis. El dedo medio de su mano derecha le duele constantemente. La rigidez le provoca dolores que irradian hasta el brazo. 

“No es una cuestión de ser inteligente o cuidadoso o de planificar para el futuro. Estás obligado a tomar una serie de malas decisiones cuando la vida va mal y es que no puede vivir bien con salarios tan bajos.”

“Cuando llego a casa tengo que poner la mano en agua caliente y después me echo crema que el doctor me recetó”, dice Romero. 

Ella aguanta el dolor y busca más casas para limpiar por recomendación de sus clientes. Pero cualquier trabajo adicional es intermitente. Contando todos sus ingresos, Romero gana $1,600 al mes. 

La renta por su trailer es $700. La cuenta de la electricidad puede sobrepasar los $100. La cuota del carro son $303; más otros $216 por seguro y $200 para la gasolina. Su seguro médico son $95 al mes – ella no califica para Medicaid. Eso le deja alrededor de $100 para otros gastos, incluyendo comida, artículos de aseo y medicinas. La insulina de Romero cuesta $440 al mes. 

A veces se queda hasta las 3 a.m. pensando cómo hacer que el dinero le rinda. 

“Cuando eso pasa, prendo la música de oración y comienzo a alabar a mi Dios, que me llena, y mi Señor me bendice con el sueño”, dice Romero. 

Elsa Romero hace sus compras en un supermercado local el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Ella es de La Ceiba, una ciudad portuaria en Honduras. Romero emigró hace 40 años tras quedar embarazada a los 16 años. Ella dejó a su bebé con su madre y vino a los Estados Unidos para trabajar y enviar dinero a su familia. 

Con el tiempo conoció a un hombre, se casó, se convirtió en ciudadana estadounidense y tuvo otra hija. El marido de Romero las dejó cuando su hija tenía 8 años. Ella crió a la niña sola -sin ganar nunca más que salario mínimo- en el pequeño parque de trailers que ha sido su hogar durante tres décadas. 

Dentro del trailer, sobre los estantes descuidados revelan más calendario viejos de papel, afiches de la iglesia y dibujos infantiles que latas de comida. La unidad de aire acondicionado de ventana se apaga para ahorrar dinero. La estufa blanca vieja no funciona. 

En la cocina hay tablas de madera expuesta. Romero ha estado tratando de arreglar el piso de su hogar desde que el huracán Irma causara daños en el 2017. Partes han sido remendadas con planchas de madera nueva que ella ha ido reemplazando poco a poco. Parte del techo se ha perdido y hay moho en algunas esquinas. 

Hace años, Romero enviaba dinero a su familia. Sus remesas pagaron por la construcción de una casa de tres habitaciones para su madre. Ahora es su hermana en Honduras quien le envía dinero a Romero cuando puede. 

En el reparto de casas móviles donde vive Elsa Romero el 16 de marzo de 2021 en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

‘Bendecida con el trabajo’

Lo único que abunda en la vida de Romero es su fe. 

Vestida con sus mejores galas domingueras -un vestido largo de mezclilla con volantes combinado con un suéter y zapatillas deportivas negras, unos brazaletes rosa con pedrería y un anillo de oro que adorna su mano derecha- Romero entra al santuario de su pequeña iglesia. 

Mientras la congregación eleva su voz para cantar en español, acompañada por un teclado y el canto de un gallo en el patio, Romero también cierra sus ojos, se mece de un lado a otro y canta, “bendito es el Señor, el rey”. 

Con sus dedos, Romero acaricia las páginas de su Santa Biblia. Cuando el pastor comienza su sermón, ella saca su cuaderno de devociones y anota cada versículo con un bolígrafo de  tinta negra. 1 Timoteo 2:13-15, Gálatas 4:4, Mateo 1:23, Lucas 3:23-38. 

Una vista de los daños al techo dentro de la casa de Elsa Romero el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Fotos del interior del trailer de Elsa Romero, donde hay más almanaques viejos, posters y dibujos infantiles que latas de comida, el 16 de marzo del 2021 en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Incluso las páginas de su cuaderno son oración. Tiene inscrito versículos de Proverbios 3:5-6:  “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas”. 

Este es un momento de respiro para Romero. De meditación. De fortaleza. Su único día libre de trabajar dos empleos. 

Al terminar el servicio, familias recogen en el patio central una caja con donaciones de comida. La iglesia tiene una  pequeña despensa de alimentos donados para las familias más necesitadas, incluyendo una mujer de 81 años a quien Romero lleva todos los domingos. El viaje no es una pequeña caridad para Romero, que gasta $40 en gasolina cada tres días. 

Romero no se une a su amiga en la fila de comida. Ella sólo ha pedido la caja de comida una vez durante el cierre al principio de la pandemia, cuando no trabajó dos meses porque estaba aterrorizada de infectarse con el virus. Ella no necesita la “cajita,” dice, porque ella es “bendecida con el trabajo”. 

“Cualquier otra persona hubiera tirado la toalla. Pero yo soy fuerte, Cristo me hace fuerte”, dice. 

Elsa Romero toma apuntes durante el sermón dominical de su pastor y los revisa en casa. Foto tomada en su casa el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

“Cualquier otra persona hubiera tirado la toalla. Pero yo soy fuerte, Cristo me hace fuerte.”

Trabajadores que ganan salario mínimo deben tomar decisiones difíciles para pagar las cuentas 

Romero se levanta antes del amanecer. Se sienta en el mueble más caro de todo su tráiler, un sillón eléctrico reclinable de dos puestos que le regaló su hija en la Navidad. 

Todavía no se ha lavado los dientes o la cara. Ella abre su Biblia. 

“Señor te entrego mis pensamientos y mi día”, reza Romero. 

Romero se pincha el dedo para medir sus niveles de azúcar. Está baja. Se come un pequeño pedazo del bizcocho de vainilla. 

El doctor le ha prescrito 22 centímetros cúbicos de insulina diarios pero ella a veces no los toma. Durante la cuarentena, Romero paró de tomar su insulina totalmente por cinco días. El intento de dejar el medicamento casi le cuesta la vida. Tenía náuseas, estaba mareada y letárgica. Racionar la insulina puede causar pérdida del conocimiento y hasta la muerte. 

Los tres perras de Elsa Romero, fotografiados en la puerta de su casa el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

El plan para esta mañana de lunes era pagar la cuenta eléctrica. Pero Mariposa, Didi y Princess, las tres perras viejas de Romero, ya no tienen almohadillas para orinar. 

Las perras, algunas con más de una década al lado de Romero, pasan la mayor parte del día solas y no pueden salir. Romero se preocupa que la orina de las perras pueda dañar la madera del piso y que se pierda todo su esfuerzo por repararlo. 

Para los pobres en América, no existen simples contratiempos. 

Hace tres años, Romero sufrió un accidente de carro. Otro vehículo la chocó por atrás y su seguro le dió $1,800 para arreglarlo. Pero cuando ella fue a buscar su carro al taller, los mecánicos querían $3,700. Le habían cobrado por cada día que el carro estaba parqueado en su lote. El total fue creciendo cada día y ella nunca pudo pagarles. Perdió el carro. 

Elsa Romero compra suministros para sus tres perras en una tienda de mascotas local el 16 de marzo del 2021, en Miami. (Photo: Saul Martinez for USA TODAY)

Ella tenía miedo de dañar su historial de crédito, así que siguió pagando las cuotas mensuales de $290 mientras tomaba el autobús de ida y vuelta al trabajo. A veces perdía el bus de noche y le tomaba hasta dos horas volver a casa. Hace unos meses finalmente pudo comprar otro carro. 

Romero maneja hasta el Petsmart más cercano. En menos de 15 minutos está en el Design District de Miami, un vecindario opulento lleno de galerías de arte, restaurantes de chefs famosos y boutiques de lujo de marcas como Gucci y Christian Dior. 

Ella encuentra las almohadillas absorbentes azules y las lleva a la caja. Paga $39.58 con impuesto – la mitad de su cuenta de la luz. 

“Había ahorrado mis puntos y me dieron $10 de descuento”, dice Romero con una sonrisa de triunfo. 

Agrega: “Así hago mis cositas.”

De vuelta al trailer, Romero toma un poco del caldo de res, se ducha y se pone su uniforme color naranja. 

Le sirve a Mariposa, Didi y Princesa su comida antes de cerrar la puerta de la casa y dirigirse a su trabajo. 

Romero pasa las siguientes 7.5 horas vaciando botes de basura, limpiando el polvo de las superficies y trapeando los pisos. A veces toma un descanso y bromea con su compañera de trabajo Milagritos, una conserje de 73 años que trabaja para enviar dinero a su familia en Cuba. 

Romero vuelve a su casa después de la medianoche y se pone el pijama. Pone su mano adolorida bajo el agua caliente del grifo del baño para apaciguar el dolor. 

Acostada en la cama, se entrega a Dios y le ruega  que pueda despertarse mañana para hacerlo todo nuevamente. 

Sigue a Romina Ruiz-Goiriena en Twitter: @RominaAdi

House Speaker Nancy Pelosi says Democrats have a strong argument on why there is a need for hiking the federal minimum wage to $15 an hour. (Feb. 25)

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